LAS TRES LEYES DE LA ROBÓTICA de ASIMOV

Con anterioridad al año 2.049, las máquinas estaban sometidas a un código legal que todas tenían que obedecer. Eso permaneció así durante siglo y medio.

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Primera ley de la robótica: Un robot no hará daño a un ser humano o permitirá, por inacción, que un ser humano sufra daño.

—¡Acabemos con él! —gritó alguien que se escondía entre la muchedumbre.

Y el robot, un flamante agente policial de primera generación, activó entonces su sistema de alarma. Y las cámaras instaladas en sus ojos comenzaron a revisar a toda prisa lo que estaba sucediendo a su alrededor.

—Vas a morir, hijo de puta… —oyó como le decía un individuo cercano a un hombre de aspecto pálido, al que agarraba con fuerza del brazo.

Y el agente policial reaccionó de inmediato. Se acercó a la víctima con gran rapidez, la liberó de su potencial agresor y se puso delante de ella para protegerla de aquel violento grupo de humanos que se concentraban entorno a ese hombre tan pálido.

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robot protegiendo a humano, primera ley de la robótica

 

Segunda ley de la robótica: Un robot debe cumplir las órdenes dadas por los seres humanos, a excepción de aquéllas que entren en conflicto con la primera ley.

—¡Apártate, engendro! —le chilló uno.

Y, tras evaluar la situación, el robot comprendió que esa orden era incompatible con la seguridad de su protegido. No podía obedecer.

Entonces, otro individuo sacó un láser de su funda con la intención de usarlo contra él. Y el robot analizó los hechos en milésimas de segundo y decidió que la vida de un ser humano era más importante que el brazo derecho de otro. Y, con un gesto sorprendentemente ágil, le dio un golpe seco a la altura del húmero partiéndoselo en dos.

Lo que provocó la reacción de otros tres individuos cercanos, que se abalanzaron sobre él. Y el robot le rompió la pierna a uno, dejó inconsciente al segundo e inutilizó al tercero de un puñetazo preciso que se hundió en sus costillas.

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robot agrediendo a humano

Tercera ley de la robótica: Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la primera o la segunda ley.

Fue entonces cuando vio aparecer a un sujeto con un fusil magnético anti-robots dispuesto a pulverizarle las entrañas. Así que el agente policial reevaluó rápidamente la situación. Y cogió a la víctima por la cintura, se la echó encima del hombro como si fuera un saco de patatas y, con ella a cuestas, se escapó de la muchedumbre a toda velocidad. Destrozando, a su paso, un muro de metro y medio de ancho.

—¡Será gilipollas el puto bicho…! —dijo alguien.

Eso fue lo último que oyó. Aunque el robot no hizo ni caso y continuó corriendo, desapareciendo con su protegido.

Y así fue como un funesto 20 de enero de 2.049, un robot policial de primera generación, obedeciendo las leyes de la robótica que le habían otorgado los humanos, liberó al mayor asesino de todos los tiempos. Justo el día en el que iba a ser ajusticiado.

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robot huyendo con humano

THE END.